miércoles, 16 de diciembre de 2009

Entre la historia y el poder circunstancial

Lamentablemente, muchos políticos argentinos optan por las mieles que les da el poder temporal y sus beneficios económicos que son tan tentadores como la miel. Esto, muchas veces les permite una vida holgada, el placer de tener un ejército de obsecuentes, tomar decisiones importantes, sentir que sus órdenes son obedecidas y que cambian condiciones de la realidad argentina aunque sea por unos años. Por supuesto que muchas veces también les permite asegurarse el futuro económico, a ellos, su familia y muchos de sus seguidores.
Pero indefectiblemente en el transcurso de la historia de un país, esto es un suspiro. El poder se termina más pronto que tarde, el repudio -sino el desprecio- de la sociedad sobreviene, los paseos interminables por los pasillos de tribunales y hasta algún tiempo de prisión borran el placer de las horas felices. El dinero acumulado no logra cambiar esa realidad ni para los protagonistas ni para sus herederos.
No son pocos los políticos que tuvieron todo el poder y que luego no solo no pudieron ganar ni una elección para concejal, sino que ni siquiera pudieron caminar por las calles de sus pueblos, ni sus descendientes.
Otros optan por la historia. No disfrutan del poder omnímodo, no acumulan riquezas, hasta mueren en la pobreza, pero son recordados con respeto por propios y extraños. El último de esos casos es Raúl Alfonsín que no solo tuvo su homenaje en la Casa Rosada con la inauguración de un busto en vida, con el discurso de la presidenta que más lo había criticado y de su esposo el anterior presidente que lo acusó de los grandes males que sufre el país. Hasta ellos tuvieron que rendirse ante el honor de la historia. No solo eso. A su sepelio asistieron desde Néstor Kirchner hasta Francisco De Narváez y su hijo hoy es vicepresidente de la Cámara de Diputados de la Nación, con el aval de todos los bloques, en su debut legislativo nacional.
Hasta ahora ningún otro presidente de la reciente democracia argentina logró semejante gloria. En países americanos, lo tienen Ricardo Lagos, Fernando Henrique Cardozo, Tabaré Vázquez, Patricio Aylwin, Bill Clinton, Michelle Bachelet y muy pocos otros.
La patética figura de Néstor Kirchner en su debut legislativo indica que ingresó en el tobogán de los primeros. Le duró seis años el poder absoluto. Seguramente acumuló capital como para no tener que preocuparse el resto de su vida y la de sus hijos. ¿Pero será suficiente? ¿Los ejemplos de Carlos Menem, Fernando de La Rúa, Angeloz, Juárez, Saadi y hasta de los militares no le bastaron? ¿Es que alguien cree seriamente que el poder es para siempre? Ni Napoleón ni Hitler lo lograron.
Comienza la decadencia acompañada de la rebeldía de los jueces que empiezan a animarse a procesar, continúa con la deserción de los legisladores, prosigue con las denuncias de estrechos colaboradores y termina en la vergüenza y el fracaso total. ¿No es preferible la historia que por ejemplo hoy reivindica a Arturo Illia con una obra de teatro?

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