sábado, 6 de junio de 2009

Vago, traidor, miserable, ignorante, mentiroso…¿están pasando lista?

Cuando uno escucha el lenguaje con que se manejan los políticos de estos tiempos, no puede menos que sentir mucha vergüenza y mucho temor. Se asegura que lo único que nos garantiza el futuro es la educación y por otro lado que es nuestra principal falencia. Poco favor le hacen funcionarios y opositores a la educación manejándose con un lenguaje que si bien es aceptable en la tribuna de de los clubes de fútbol que frecuentan (todos se jactan de pertenecer a alguno) no lo es tanto para referirse a algún ocasional adversario (que en las próximas elecciones seguro es aliado). Es tan pobre el nivel que se utiliza en la discusión política que hasta nos hace extrañar con nostalgia a Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa o Eduardo Duhalde. Se podrá criticar a estos ex presidentes por muchas cosas pero lo que no se puede es atribuirles un lenguaje soez y chabacano. Tampoco un discurso exaltado y alienante. Claro, alguno puede decir que mientras se expresaban con términos delicados y hasta académicos, el país se iba deteriorando progresivamente. Pero es que ahora no se nota una recuperación ni en educación, salud, justicia, seguridad, empleo (aumenta el trabajo en negro y la marginación), ni en ingresos y mucho menos en la calidad institucional. Lejos están los debates entre Lorenzo Pepe y Juan Manuel Casella por la ley Mucci. O de Antonio Cafiero y Jorge Maestro por la de Flamarique. Las negociaciones y consensos entre Jaroslavsky e Ibáñez, Menem y Alfonsín. Es cierto, siempre teñidos de sospechas, pero con formas acordes con una república. La intervenciones de Cristina Fernández o Rodolfo Terragno en el Senado de la Nación o de Chacho Álvarez y Jorge Matzkin se extrañan. Cuando uno recuerda ministros como Antonio Tróccoli, Italo Luder, Antonio Salonia, Jorge Vanossi o Ricardo Gil Lavedra. El mismo Carlos Corach, que dialogaba todos los días con los periodistas y más allá de su fama de monje negro detrás del poder, su estilo era educado y sereno. Ricardo López Murphy o Hugo Juri contrastan notoriamente con verdaderos punteros políticos como Randazzo o Aníbal Fernández. Roberto Lavagna, Roque Fernández, Domingo Cavallo y Juan Vital Sorrouille tuvieron un protagonismo notable. Hoy el ministro de economía es una figura decorativaEl ministro de Seguridad o Justicia, que es quien mayor serenidad por su función debe aportar al debate es quien mayor cantidad de improperios arroja a la arena política. Está muy lejos del atildado ministro de Industria y del Interior de Eduardo Duhalde que prácticamente era un vocero del presidente y sorprendía por su cultura y citas permanentes a distintos autores. También por la serenidad de sus respuestas. Mientras que con Néstor Kirchner casi se va a las manos con un ciudadano que lo increpó y vive insultando a sus rivales políticos. Cosa bastante extraña para alguien que tiene dos títulos universitarios, fue intendente de Quilmes, ministro de distintas carteras y gobiernos y casi vicepresidente de la Nación.

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