viernes, 8 de mayo de 2009

Alfonsín, o el triunfo de un estilo

“No hay cosa como la muerte para mejorar la gente”, decía Jorge Luis Borges en su poema. La muerte de Raúl Alfonsín parece certificar esto, que también confirma que “los poetas llegan antes”. Pero es probable que aquello la gente lloró de Alfonsín fue su estilo. La gente, no sólo el pueblo Alfonsinista, que quizá no fue otra cosa la multitud que desfiló por el Congreso, porque convengamos que quien convocó un millón de personas en el obelisco en la campaña de 1983 y obtuvo 7.725.000 votos, quien era el líder del partido más antiguo de la Argentina, cómo no iba a convocar a 70 mil personas en su despedida terrenal. Pero no sólo una porción del pueblo lo despidió. Todo el arco político acudió a su funeral y le rindió homenaje reconociendo sus valores. Desde Néstor Kirchner hasta Elisa Carrió, pasando por Menem, De la Rúa, Duhalde y Binner. Incluso la presidenta le rindió un homenaje en vida en la Casa Rosada y luego visitó a la familia en su propio domicilio. Quizá lo que se rescata de Raúl Alfonsín, no es sólo que haya sido honesto, que haya sido una buena persona, que haya juzgado a las Juntas, que haya mantenido la democracia a rajatabla, que haya sentado las bases del Mercosur y otras virtudes que todos redescubren en él. Lo que el mundo reconoce en Alfonsín es un estilo, una manera de hacer política, una conducta respetuosa y atildada. En tiempos de gritones y guerreros, el pueblo argentino está ávido de personas serenas, sensatas y racionales. Aunque no compartan sus criterios políticos. Aunque la economía haya perjudicado en su gobierno a muchos argentinos. Convengamos que también la economía pulverizó a muchos argentinos en tiempos de Isabel Perón (¿nadie recuerda ya el Rodrigazo?) en tiempos de la dictadura (¿se olvidaron de “el que apuesta al dólar pierde”?), en tiempos de Menem (trabajadores desocupados y productores fundidos).Lo que se llora de Raúl Alfonsín es la pérdida de un estilo educado, de modales cordiales aunque enérgicos, de convicciones firmes aunque no las compartamos, pero expresadas sin agredir al circunstancial adversario. Capaz de “pactar” con el opositor, cuando las circunstancias lo exigían y se lograba a cambio lo que para él beneficiaba a la democracia. Capaz de redactar leyes que seguro lo avergonzaban, pero garantizaban la paz de la República. En tiempos de Chávez vs. Lagos, de Correa vs. Tabaré, de Zapatero vs. Berlusconi, de Evo vs. Lula, los argentinos añoramos los políticos tranquilos y cerebrales que tuvimos y perdimos. No sólo Alfonsín, también Luder, Alende y Cafiero representan a una generación más conciliadora que la de Kirchner, Carrió y Macri. Incluso es más fácil ahora que en tiempos de militares carapintadas, paros generales, deuda externa multiplicada por seis y escasez de reservas en el Banco Central. Como sigue Borges en el mismo poema: “¿Dónde están, dónde se han ido?”.

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