lunes, 20 de abril de 2009

Escuela para padres

“Mi viejo no tenía estudio y sin embargo nos educó a todos muy bien y no tenemos traumas”. “Esto de escuela para padres es un invento de la psicología moderna”. Todas estas afirmaciones son tan frecuentes como erróneas. En primer lugar porque no son nuevas. En la década del 60 Eva Giberti y Florencio Escardó ya tenían una escuela para padres. Existen cursos de albañilería, electricidad, plomería, gastronomía y otras tareas domésticas, cómo no los va a haber para educar un hijo. Si hay alguna tarea prioritaria en la vida de un ser humano es la de ser padres. Y como cualquier actividad de la vida, no se aprende por ósmosis. Por más que se crea lo contrario y se repita permanentemente. Los trastornos psicológicos en el desarrollo infantil son inevitables y varían según las edades. La conducta de los adultos (ya lo hemos dicho) puede incentivarlos o atenuarlos. Es importante conocer los que corresponden a cada edad del niño, para brindar respuestas inmediatas. A veces una respuesta a destiempo puede traer consecuencias irreparables. Desde mi infancia escucho que la “psicología moderna” propone no retar al niño porque se trauma. ¿Qué psicología moderna? ¿La de entonces o la de ahora? ¿Qué corriente psicológica plantea que al niño no hay que ponerle límites? No conozco ninguna. “Yo no tengo traumas” es otra de las aseveraciones. Un trauma puede ser visible o invisible. Si un trauma es producido por un agente mecánico externo y es una lesión duradera, es visible. Pero si es un choque emocional que produce un daño duradero en el inconciente es invisible. Estos últimos son los más frecuentes y peligrosos. Porque el simple hecho de negarlos ya es un mal síntoma. Es casi absolutamente imposible que un ser humano no vaya acumulando traumas en su inconciente. Estos pueden ser más o menos duraderos y más o menos graves. El hecho de ser invisibles no los hace desaparecer al contrario, los convierte en más dañinos. Muchas conductas reprochables son producto de efectos inconcientes de daños o impactos psicológicos producidos durante la infancia y que sin la asistencia adecuada de un profesional no aparecen. Algunos de los que afirman no tener traumas tienen conductas violentas, depresivas, ansiedades, frustraciones, fracasos u otros síntomas. Generalmente estos se le adjudican a la mala suerte, a factores externos o a lo inevitable, cuando en realidad son consecuencia de aquellos “traumas” que no tienen. Una adecuada escuela para padres es imprescindible, para reducir estos efectos no deseados.

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